Yucatán

La “casta divina” recuperó el poder.
La ofensiva derechista y sus diferencias regionales.

Por: José Luis Sierra Villarreal

Como en el resto del país, el PAN aprovechó el hartazgo que la sociedad yucateca sentía por los excesos del PRI y de los priístas para hacerse del Gobierno. Huérfanos de oficio político, carentes de un proyecto con visión de Estado, los dzulitos que Patricio Patrón habilitó como funcionarios de su gobierno se han comportado como facción, movidos por el revanchismo y no por el interés general ni por los objetivos de largo aliento.

Como en el resto del país, en Yucatán, la derrota electoral del PRI y el arribo de la nueva hornada política no correspondió a las expectativas de renovación generadas por la alta competencia electoral, ni satisfizo los reclamos de pluralismo y de desconcentración del poder que la ciudadanía había hecho suyos. Por el contrario, el grupo gobernante hizo saber muy pronto que su conformación elitista corría paralela al ejercicio faccioso del poder, al desprecio por la ley y las instituciones, a la yuxtaposición de intereses económicos y de grupo sobre el interés general del Estado y la sociedad. En fin, una expresión renovada de quienes controlan la economía y la política: el Estado oligárquico.

Tras cinco años de ejercer el poder, contamos con elementos suficientes para afirmar que, en Yucatán, el “Gobierno del Cambio” fue un fracaso. El gobernador Patrón Laviada nunca entendió su papel histórico, entregado que está a los intereses de los especuladores. Yucatán perdió su dinamismo, paralizado por la confrontación social. La economía se encuentra entrampada, dedicada la administración pública a la expropiación “fast track” de tierras ejidales para entregarlas a “los amigos de Patricio”.

Hoy, en Yucatán, impera como nunca la corrupción política, coordinada directamente por la “familia real”. La derecha facciosa ha implantado un Estado cuasi-policial; se abandonaron los programas sociales con el pretexto de cancelar el “populismo”; en todos los niveles de la administración pública florecen el nepotismo y el cuatachismo y se practica el tráfico de influencias de manera burda. Los recursos enviados para atender los daños del ciclón Isidoro se utilizaron para conformar clientelas electorales; la obra pública se programa y ejecuta con criterios botinescos, como lo demuestra la presencia en suelo yucateco de empresas constructoras guanajuatenses, propiedad de Josefina Hernández, amiga de la señora Sahagún.

El triunfo electoral de Fox: 18 años de ofensiva derechista.-

Si tratamos de definir las raíces de un fenómeno de restauración oligárquica como el que se vive en Yucatán tendríamos que referirnos, necesariamente, al espacio que se abrió, a nivel nacional, por el desmoronamiento del sistema presidencial autoritario y del PRI y por la emergencia de fuerzas políticas y sociales, de muy distinto cuño, portadoras del descontento social pero carentes de un proyecto que lo unificase, incapaces de entender siquiera los riesgos –ya no digamos de evitarlos o afrontarlos- que conllevaba el “vacío de poder” que produjo la derrota del partido hegemónico, el puntal del sistema presidencialista.

Bien se dice que el hambre del pueblo es suficiente para producir motines, pero no revoluciones. La revolución requiere ideas, proyectos para sustituir lo que se destruye. La acumulación de descontentos contra el presidencialismo autoritario fue suficiente, sí, para derrotar electoralmente al PRI, pero no lo fue para desmantelar la estructura de sostén del autoritarismo ni, mucho menos, para definir y poner en marcha un modelo político alternativo, que respondiese a cabalidad a las aspiraciones democráticas de los mexicanos. Ante la falta de ese proyecto y de los instrumentos para generarlo fue relativamente fácil para la derecha recomponer sus alianzas y acuerdos a fin de instaurar, ahora sí, un Estado neoliberal, mandando al baúl de los objetos olvidados al populismo priísta, al patrimonialismo, al nacionalismo revolucionario, a los resabios del Estado Benefactor.

La nacionalización bancaria de 1982, fue el “banderazo de salida” para la derecha en sus afanes por hacerse del control definitivo de los aparatos de Estado. Porque no había en el panorama nacional otra fuerza o agrupamiento con capacidad para capitalizar el proceso de cambio que se había desatado. Y fue la oligarquía financiera la que llevó la voz cantante en este concierto de intereses. El predominio oligárquico garantizaba la continuidad que reclamaban los patrocinadores del cambio. Garantizaba el desplazamiento del PRI sin trastocar las bondades de su dominio; suponía la erradicación de los vicios y la conservación de sus virtudes. A la oligarquía financiera le resultó fácil sustituir la democracia corporativa con la “democracia de las corporaciones”; “tatcherismo” y “reaganismo” con 20 años de retraso. Con el triunfo de los pocos, se pensaba y se decía, “ganamos todos”. Lo que nunca se dijo fue que, con el cambio, salieron ganando los mismos que ganaron todo antes de él.

Sin embargo, el “golpe de mano” que pudo concretar la oligarquía financiera para recomponer a su favor el “bloque de poder” en México no se dio en iguales condiciones en todo el país, ni generó situaciones idénticas en las distintas regiones y entidades. Los dieciocho años que transcurrieron entre “el ladrido del perro” y el arribo de Vicente Fox a Los Pinos, nos dejaron ver una gama variadísima de procesos y expresiones regionales que respondían a un mismo motivo y buscaban un mismo fin: la derechización de la política nacional; dejar el control de “la cosa pública” en manos de la “iniciativa privada”. Fue así como abortó, en Chiapas -la región más “centroamericana” de México-, el proyecto popular y socialista de “guerra prolongada” por un engendro milenarista con aires de “segunda cristiada”. Fue así como “los chicos Tec” –los alumnos más destacados de los “Chicago boys”- se infiltraron en la “familia revolucionaria”, valiéndose del enorme poder que les concedía la econometría, para hacerse de posiciones políticas relevantes, empezando por ocupar buena parte de las gubernaturas de los estados norteños

En Yucatán se implantó un Gobierno “de casta”.-

En el espacio yucateco hacía muchos años que los herederos históricos de la “oligarquía henequenera” libraban una batalla tendiente a la restauración de sus privilegios. Así que al amparo de las “marchas por la libertad” y empujados por la “ola foxista” los descendientes históricos de la “casta divina” pudieron hacer realidad su anhelo restaurador, ayudados en buena medida por el hastío que generaron el comportamiento caciquil de Víctor Cervera y los incontables excesos del “cerverato”.

El problema que se vive en Yucatán, ahora, es que Patricio Patrón Laviada nunca enarboló una propuesta modernizadora. Su candidatura no fue expresión de pluralismo; nunca hizo votos de respeto a las minorías; tampoco profesó compromiso alguno con los que menos tienen. No. El discurso de Patricio Patrón Laviada, antes y ahora, se finca en el resentimiento. El revanchismo marca y define su actuación como gobernante. Su elitismo se finca en la intolerancia, en la discriminación étnica, en el autoritarismo. El grupo que ocupa los aparatos gubernamentales en Yucatán –integrantes o servidores de la “casta divina”- entiende y asume la política como botín del triunfador: el poder responde al interés particular de quienes lo ocupan. Con Patrón Laviada “triunfó el bien sobre el mal” y el que encarna al bien no tiene por qué rendir cuentas. Al pobre no se le toma como sujeto de su propia superación, sino como objeto de redención: de allí su “mesianismo”.

El ejercicio faccioso del poder, tal y como viene ocurriendo en Yucatán, entraña el trastocamiento legal e institucional. Vorágine de excesos y omisiones que empezó por fracturar a la sociedad, siguió por paralizar a la economía, hasta meter a Yucatán en una atmósfera “centroamericana”, por la polarización social que se vive y la persistencia y amplitud de los conflictos que estallan todos los días.

La presentación de una demanda de “juicio político” contra los integrantes del Tribunal Superior de Justicia, demanda que hizo suya la fracción panista del Congreso del Estado se inscribe en el ambiente persecutorio que se vive en Yucatán. Con el mensaje del “retorno de los justos” es que se intenta justificar lo poco que ha hecho el “Gobierno del Cambio” en tres años de desempeño. Es una señal clara del endurecimiento que espera a Yucatán en lo que resta del sexenio de Patrón Laviada y lo que intentará prolongar la “casta de especuladores” al sexenio siguiente.

<span style=”font-size:85%;”>(Este artículo apareció publicado en “La Revista Peninsular”; nro. 852, del 17 feb. del 2006). </span>

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Liked it here?
Why not try sites on the blogroll...

A %d blogueros les gusta esto: