Entender a la Derecha

 

Derecha y ultra-derecha, comprender sus diferencias.

Por. José Luis Sierra V.

Conviene tener claras las diferencias políticas que existen entre derecha y ultra-derecha, a fin de entender las razones y los alcances de sus desempeños, también distintos.

La derecha es una corriente que, históricamente, ha demostrado su compromiso y respeto democrático. La ultra-derecha, en cambio, no acepta el principio de igualdad de los ciudadanos que subyace en el concepto de democracia. La ultra-derecha es elitista, autócrata, aristocrática, por sus orígenes, por sur formas y por sus aspiraciones.

La derecha conservadora asume el pluralismo ideológico y político y acepta sus consecuencias. La ultra-derecha es intolerante y facciosa; se vale del pluralismo para hacer avanzar sus intereses y acepta los resultados del juego democrático si y sólo si le favorecen. La derecha sabe vivir en democracia; la ultra-derecha, por ser autoritaria y elitista, es golpista. La derecha acepta y asume el orden republicano; la ultra-derecha es proclive a la monarquía o al imperio, defensora de los privilegios de grupo.

La derecha mexicana es católica en su enorme mayoría, pero acepta como necesaria la separación de Iglesia y Estado y reconoce los espacios que deben disfrutar otros credos. La ultra-derecha es fundamentalista, pretende hacer del catolicismo la religión del Estado mexicano, por eso ha hecho del laicismo uno de los errores históricos que hay que eliminar con urgencia.

La derecha acepta nuestra condición de sociedad mestiza y admite posiciones nacionalistas; la ultra-derecha, en cambio, es colonialista: admira lo hispano y desprecia lo indio, acepta y promueve la subordinación con los Estados Unidos.

Con el ánimo de ilustrar nuestra caracterización, si revisamos el escenario partidista, en la derecha pudiéramos colocar al grueso del PAN y a un sector importante del PRI –encabezado por la fracción tecnocrática-. La ultra-derecha, si bien se nutre con las bases panistas, se conforma fuera del PAN, con grupos políticamente radicales como el sinarquismo, MURO, GUIA, Yunque, DHIAC, ANCIFEM, PRO-Vida, todos los cuales escogen a sus integrantes y conforman sus bases de la amplísima estructura que la Iglesia católica tiene en el país y que pone a su disposición.

La labor que realizaron “los amigos de Fox”, en la contienda electoral del 2000, permitió vincular al “alto mando” de la ultra-derecha con la estructura electoral, dejando rumbo y destino del PAN en manos del COMANDO CENTRAL (conocido coloquialmente como Grupo Guanajuato).

Sin tener el mismo origen político, Felipe Calderón terminó por aceptar en todos sus términos el proyecto político de la ultra-derecha, cuando su candidatura no “prendía” y estaba a punto de naufragar. A todos consta que, a partir del mes de marzo del 2007 (cuando se dejó de lado la propuesta de “manos limpias…”), el control electoral y político de la campaña de Felipe Calderón no lo tuvo el PAN. El PAN cumplió solamente las tareas de representación formal.

Como sucedió seis años antes, con la campaña de Vicente Fox, el financiamiento y la determinación de los gastos de la campaña de Felipe Calderón, el diseño político del “nuevo rumbo”, la definición de las tareas orgánicas, todo, absolutamente todo, estuvo en manos del grupo que se conformó desde Los Pinos, con el doble propósito de impedir el ascenso de López Obrador y de mantener el poder en manos del candidato afín, Felipe Calderón.

La labor de ese grupo nunca fue objeto de supervisión o control alguno por parte del IFE; su desempeño no se sujetó a lo que marcan las leyes; los montos económicos utilizados rebasaron, con mucho, las cifras autorizadas por la ley y las reportadas oficialmente por el PAN. La labor que realizó ese COMANDO CENTRAL en torno a la elección del pasado 2 de julio debe ser tomada como la versión “corregida y aumentada” de la estrategia de “toma de poder” que la ultra-derecha aplicó en torno a la candidatura de Vicente Fox, utilizando a “los amigos de Fox” como pantalla pública.

 

 

¿Qué es El Yunque?

Rubén Martín (PUBLICO/Milenio; 19 jun. 2007)

“Nuestra lucha es la de los cruzados, de los cristeros y de otros muchos caballeros cristianos que a lo largo de la historia se han organizado para consagrar en vida e instaurar el reino de Dios en la tierra”.

Guadalajara.- Es una organización de derecha radical fundada en 1955 con la intención de instaurar “el reino de dios en la tierra” y evangelizar las instituciones públicas mediante la infiltración de todos sus miembros en las más altas esferas del poder político (Manuel Díaz Cid).

Se consideran así mismo un grupo de elegidos. “Nuestra lucha es la de los cruzados, de los cristeros y de otros muchos caballeros cristianos que a lo largo de la historia se han organizado para consagrar en vida e instaurar el reino de Dios en la tierra, este es nuestro apostolado y esta es nuestra actividad primordial en la vida, El Yunque es una organización cívico política avocada a preparar a una aristocracia del espíritu que debe conducir y manejar a México y a Hispanoamérica según los dictados evangélicos” (ceremonia de iniciación al Yunque difundida en un video a través de You Tube. La veracidad del rito fue confirmada con dos ex militantes de El Yunque).

El Yunque forma parte de las corrientes ideológicas y organizativas de la derecha mexicana ligadas a la estructura de la jerarquía católica que desde las leyes de Reforma ha tenido la intención de intervenir en la vida política para mantener la presencia de la iglesia en los asuntos privados.

 

 

La derecha en transición.

Ludolfo Paramio (Revista Nexos, #355, julio 2007)

La idea que se pretende desarrollar en esta nota es que, tras más de un cuarto de siglo, la ideología de la derecha ha alcanzado un punto de inflexión, que se refleja en la dificultad de ganar elecciones afirmando tajantemente sus principios, pero también, en el caso europeo, en la evolución hacia un mayor pragmatismo de sus políticas. Este pragmatismo se traduciría en una aproximación hacia el centro de los políticos conservadores.

Desde la primera presidencia de Reagan en Estados Unidos el clima ideológico del mundo ha estado marcado por la ofensiva primero y la hegemonía después de una nueva derecha cuyos principales rasgos eran la confianza y el optimismo sobre sus propias posibilidades. Aunque es muy posible, como ha señalado un reciente biógrafo, que esos rasgos fueran desde el comienzo una aportación de la personalidad de Ronald Reagan, el final de la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética los reforzaron decisivamente.

A comienzos de los años noventa se podía pensar que ya no existían alternativas a la democracia liberal y a la economía de mercado: la historia, en el sentido hegeliano, había llegado a su fin. Ese optimismo, sin embargo, llevaba a conclusiones exageradas y un tanto peligrosas, por ejemplo, la de que los problemas sociales podían resolverse abandonando cualquier intento de intervención pública y dejando que el mercado se encargara de ellos. En América Latina esa era la ideología que acompañaba a la generalización del Consenso de Washington.

La crisis económica del cambio de siglo mostró que el coste de las reformas neoliberales podía hacerse insostenible en sociedades muy desiguales si el crecimiento económico se estancaba o retrocedía. El profundo malestar social contra los políticos y gobernantes identificados con el consenso neoliberal provocó en varios países de la región el ascenso de movimientos “neopopulistas”, quebrando así la sencilla visión del futuro de los ideólogos de la nueva derecha. Hoy sólo los gobiernos de México, El Salvador y Colombia se identifican sin demasiados matices con esa perspectiva.

Pero quizá la idea más peligrosa, implícita en la confianza de la nueva derecha sobre sus propias posibilidades, era la de que el mundo se podía rediseñar eliminando los últimos bastiones del totalitarismo y del estatalismo económico. Conviene subrayar que no se trata de poner en cuestión el objetivo último de esta ambición. Extender la democracia y el respeto de los derechos humanos a todo el mundo sería un avance realmente histórico, y pocos dudan de que la desaparición de los estatalismos totalitarios, las teocracias autoritarias o las dictaduras y cleptocracias del mundo subdesarrollado sería muy deseable.

El problema es que esa idea conlleva dos premisas tan discutibles como peligrosas. La primera es la de que la democracia es la forma espontánea de organización política de una sociedad, más allá de sus complejidades o desigualdades internas. La segunda es la de que la fuerza puede ser legítima para desmantelar los regímenes opresores, contando con que la desaparición de éstos conducirá automáticamente, en virtud de la primera premisa, a la aparición de gobiernos democráticos y respetuosos de los derechos humanos.

La afirmación de la fuerza

La idea de que se podía recurrir a la fuerza militar, por encima de la legalidad y de la diplomacia, para crear un orden internacional acorde con los valores occidentales, alcanzó su cenit con la guerra de Irak. Esta idea estaba presente desde el comienzo del auge de la nueva derecha, pero se mantuvo dentro de unos límites aceptables hasta que la camarilla neocon del segundo presidente Bush decidió manipular los sentimientos nacionales de agravio tras el 11-S para desencadenar una guerra preventiva contra Saddam Hussein.

En las invasiones de Granada (1983) y de Panamá (1989) impulsadas por Reagan y Bush padre, respectivamente, se podía argumentar que se trataba de desalojar a gobernantes ilegítimos y violentos, que la mayoría de la población de ambos países estaría de acuerdo con ello y, sobre todo, que el costo en vidas humanas de ambas operaciones sería limitado. Mucho más discutible fue la guerra de desgaste contra los sandinistas, dado que el instrumento utilizado, la contra, fue responsable de crueles violaciones de los derechos humanos, como se podía esperar de la trayectoria de sus dirigentes, y que se trató de una guerra encubierta, sin control del Congreso de Estados Unidos.

El éxito de estas operaciones, y su costo limitado, sirvieron en todo caso para fortalecer la idea de que la fuerza no sólo podía ser necesaria en ocasiones, sino que era bueno afirmar su papel frente a las obsesiones “pacifistas” y “legalistas” tan extendidas en Europa. Dos hechos fundamentales, al menos, hicieron que la izquierda norteamericana y europea se sintiera a la defensiva en este terreno.

El primero fue el despliegue de los euromisiles, frente a la modernización de los cohetes de alcance intermedio del Pacto de Varsovia en los últimos años de Breznev. Pese a que la decisión de la OTAN de instalar los misiles Pershing y Cruise tenía una gran racionalidad, el temor a que dieran origen a una escalada militar llevó a amplios sectores de la izquierda europea a oponerse a ella. La llegada de Gorbachov y su decisión de poner fin a la carrera de armamentos, y la audacia paralela de Reagan en su encuentro a solas con el dirigente soviético en Ginebra, en 1985, para cerrar esta última etapa de la Guerra Fría, sorprendieron al movimiento pacifista con el paso cambiado, legitimando a posteriori la opción militar de Reagan.

El segundo fue la invasión de Kuwait por Saddam Hussein en 1990. La agresión irakí pareció demostrar de la forma más cruda que algunos regímenes, más allá de cómo trataran a sus propios súbditos, eran un claro peligro para sus vecinos, y que ante ellos podía ser imprescindible recurrir a la fuerza. Por supuesto que esto era algo que ya habían experimentado los iraníes diez años antes, pero el carácter hostil y oscurantista de la revolución islámica había hecho que la mayor parte de la opinión pública occidental desviara la mirada de aquella guerra de agresión.

El presidente Bush padre se cuidó de respaldarse para la primera guerra del Golfo en la legalidad internacional y en una amplia coalición internacional, lo que dejaba muy poco espacio para objeciones de corte moral. Así comenzó a extenderse un nuevo consenso a favor del uso de la fuerza en situaciones límite, aunque se tratara de guerras en sentido estricto, y no de intervenciones puntuales.

Con la intervención de la OTAN en Kosovo en 1999, durante la segunda presidencia de Clinton, se daría otro paso en la aceptación del uso de la fuerza. No podía haber una decisión del Consejo de Seguridad que respaldara el ataque contra las tropas de Milosevic, a causa del poder de veto de Rusia y su tradicional respaldo al gobierno serbio, pero la guerra contó con un amplio respaldo en la opinión pública. Era evidente, aun así, que el potencial bloqueo de Naciones Unidas ante situaciones que exigieran moralmente una acción armada sentaba un peligroso precedente.

Desde nuestra perspectiva actual lo que más llama la atención de las actuaciones de la Casa Blanca en todo este periodo es su realismo y su cauteloso pragmatismo ante las reacciones de la opinión pública. Pese a que la primera reacción de Reagan ante el sangriento ataque suicida contra los marines en Beirut, en 1983, fue afirmar que no retiraría las tropas desplegadas en Líbano en misión de paz, pocos meses después comenzó su evacuación. Diez años más tarde, el presidente Clinton haría otro tanto en Somalia, tras los incidentes de Mogadiscio.

El salto cualitativo se produce con la presidencia de George W. Bush, y el desembarco en la Casa Blanca y en el Pentágono de Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz, Perle, Feith y el resto de la camarilla. La afirmación de la fuerza como recurso se traduce ya no sólo en una arrogante confianza en la posibilidad de utilizarla para rehacer el orden mundial al gusto de los valores occidentales, sino en una clara voluntad de hacerlo a la primera oportunidad.

Saddam Hussein había sido elegido desde el principio como caso ejemplar para la aplicación de esta nueva visión del mundo, y los ataques del 11-S fueron sólo un pretexto para aplicar una estrategia largamente acariciada. Tras la guerra de Afganistán, que aún respondía a la lógica del periodo anterior, la decisión de invadir Irak se impuso manipulando los datos de inteligencia, mintiendo a la opinión pública y presionando, con no mucho éxito, a los países aliados. La primera consecuencia fue la ruptura del consenso que había fundamentado la gran coalición de la primera guerra del Golfo.

Cuatro años después, es bastante evidente que nada salió como los neocon habían planeado, que el futuro de Irak es muy oscuro, y que Oriente Próximo no sólo no ha evolucionado en la dirección deseada, sino que la explosiva situación de Irak ha dado un nuevo protagonismo a Irán, amenazando con un conflicto generalizado entre chiíes y suníes. La democracia no sólo no ha avanzado, sino que el gobierno libanés ha quedado contra las cuerdas por la absurda y cruel ofensiva israelí de julio de 2006. Y el conflicto entre Israel y los palestinos ha llegado a una situación insostenible.

El Departamento de Estado de Condoleezza Rice se esfuerza ahora con más o menos éxito por volver al viejo realismo en política exterior, dando un papel a la diplomacia y a la legalidad internacional, y los países aliados tratan de restañar las heridas abiertas por la invasión de Irak. El desastroso desarrollo de la posguerra ha significado que la confianza en la fuerza y su afirmación como valor se han evaporado, y los países que siguieron a Bush en su aventura buscan deslindarse de ella sin desairar a Washington.

No se trata sólo de que se haya extendido la conciencia de que la guerra de Irak fue una locura de consecuencias dramáticas. Es muy poco imaginable, además, que un político de derecha afirme ahora una voluntad abierta de participar en aventuras militares, o de emprenderlas, aunque sea dentro de la “guerra” contra el terrorismo. La cautela con que se está manejando el conflicto de Darfur, pese a las escandalosas secuelas de sufrimiento humano que le acompañan y a la fuerte presión de amplios sectores cristianos en Estados Unidos para tomar posiciones más duras frente al gobierno de Sudán, da idea de lo que ha cambiado en estos últimos cuatro años.

El consenso neoliberal

La triunfal reaparición en los años ochenta de la economía ortodoxa, etiquetada como “neoliberalismo”, debe entenderse en el contexto de los cambios en la economía mundial durante la década anterior. Al igual que la reafirmación de la fuerza militar con Reagan era una respuesta pendular a las humillaciones de Vietnam y de la toma de la embajada de Teherán, el retorno de la economía ortodoxa refleja la búsqueda de alternativas a la gestión económica keynesiana, ya que ésta, como es lógico, había resultado incapaz de resolver los problemas de estancamiento en una situación fuertemente inflacionaria.

Desde la perspectiva ortodoxa, los males de la economía venían de la intervención del Estado, que distorsionaba los mercados e impedía su buen funcionamiento. Frente al habitual relato keynesiano, según el cual la crisis de 1929 había demostrado la necesidad de intervención y justificado las políticas keynesianas, se ofrecía ahora la visión de Milton Friedman, no muy ajustada a los hechos, de que la crisis había alcanzado dimensiones dramáticas tan sólo por una supuesta política monetaria restrictiva de la Reserva Federal.

Hubo varios factores que contribuyeron al renacimiento de las viejas ideas, rebautizadas como nuevas. El primero era, por supuesto, la acumulación de “anomalías” que surgían del intento de seguir aplicando políticas keynesianas a una situación económica inflacionaria, y por tanto “no keynesiana”. El segundo era la crítica acumulativa de algunas formulaciones que se veían como representativas de las ideas keynesianas, por ejemplo, la curva de Phillips. Y es muy probable que el tercero fuera el auge del sector financiero, frente a la crisis de la industria, durante los años setenta, a consecuencia de la inyección masiva de petrodólares. El sector financiero sería, a diferencia de la industria, “espontáneamente monetarista”.

Pero lo más importante es que las nuevas ideas encontraron respaldo electoral, primero en el Reino Unido y luego en Estados Unidos. La explicación de este hecho reside en que lo que para los economistas eran “anomalías” para los ciudadanos eran incertidumbres y desorden crecientes. La sucesión de políticas de expansión y estabilización, en plazos muy cortos, y la conflictividad sindical paralela, condujeron a una fuerte demanda de autoridad y orden.

Thatcher fue la respuesta británica a esa demanda, y el optimismo vital y nacionalista de Reagan su versión para la sociedad de Estados Unidos, desalentada por la emergencia de la “nueva cultura” en los años sesenta, por la división interna en torno a la guerra de Vietnam, el escándalo de Watergate y la caída de Nixon, todo ello coronado por la humillación de la toma de la embajada de Teherán.

Cuando se recuerdan las crisis económicas y los sobresaltos que acompañaron a estos gobiernos neoconservadores, es inevitable pensar que la llegada de Gorbachov, y la crisis y caída de la Unión Soviética, fueron factores decisivos para el asentamiento de las ideas neoliberales. Pero, a finales de los años ochenta, la larga agonía de la crisis de la deuda en América Latina y el colapso y desintegración del bloque soviético se tradujeron en un nuevo consenso neoliberal en economía, cuya traducción latinoamericana sería el Consenso de Washington, y al que se adherirían con entusiasmo las nuevas democracias de Europa del este.

La crisis asiática de 1997, la bancarrota rusa y la crisis del cambio de siglo supusieron un fuerte desafío al optimismo neoliberal. Pero el clima ideológico entre lo que podríamos llamar “economistas globales” no cambió demasiado, gracias al estancamiento de las economías europeas. La muy desfavorable comparación entre el crecimiento casi nulo en la Unión Europea, con la notable excepción británica, y el rápido crecimiento de la economía en Estados Unidos, parecía ser una demostración inapelable de la superioridad del modelo neoliberal de sociedad, rebautizado como “anglosajón”.

Esto ha supuesto una continua presión a favor de una agenda neoliberal de reformas en Europa occidental. De nuevo la excepción era el Reino Unido, por la sencilla razón de que el mercado de trabajo, considerado la clave del modelo anglosajón, está tan liberalizado como en Estados Unidos. Y, en cambio, el gobierno laborista ha ido incrementando las inversiones en sanidad y educación, a la vez que se planteaba una reforma para mejorar el sistema de pensiones, que se ha convertido en un escándalo por su insuficiencia, en comparación con las economías continentales y en contraste con el alto crecimiento de la economía británica.

En el resto de Europa occidental los gobiernos no sólo se han planteado reformas para flexibilizar el mercado de trabajo, sino que a menudo lo han hecho a la vez que se subrayaba la necesidad de revisar los sistemas de pensiones para garantizar su continuidad en una situación de prolongación de la esperanza de vida y envejecimiento de la sociedad por el descenso de la natalidad. Y esto a la vez que el Pacto de Estabilidad y Crecimiento les impedía llevar a cabo políticas anticíclicas para crear empleo.

En un escenario de crecimiento del desempleo, hasta niveles muy altos para las sociedades de la Europa desarrollada, las reformas del mercado de trabajo y de las pensiones se han vivido, lógicamente, como amenazas graves para el futuro de muchas familias. Ciertamente menos graves que en otras sociedades con menores niveles de riqueza y que no han conocido nada equivalente al Estado de bienestar de la Europa continental, pero aún así muy inquietantes. La incertidumbre sobre el futuro ha creado así un fuerte descontento de los ciudadanos frente a los gobiernos. Este descontento se ha relacionado con la globalización de la economía. En el caso de Estados Unidos las importaciones de Asia, y en particular de China, se han convertido en el símbolo de la amenaza externa a los puestos de trabajo en la industria, pese a la buena evolución del empleo. En Europa, en cambio, las deslocalizaciones hacia Asia y Europa del este, y no ya las importaciones, se perciben como la principal causa de la pérdida de empleo industrial. En los años pasados, en los que la economía de Europa occidental no crecía, y el paro aumentaba, esa percepción se ha traducido en resistencia contra la ampliación de la Unión Europea, lo que contribuyó al rechazo del proyecto de Constitución de la UE en Francia y Holanda.

Más allá de las consecuencias electorales, este clima ha llevado a los gobiernos a tratar de reformar las economías sin llegar a confrontaciones duras con los sindicatos y la sociedad en general. El ánimo beligerante que caracterizó a Margaret Thatcher es hoy poco imaginable en ningún gobierno (conservador) de Europa occidental. La dificultad de formar gobierno con un programa de confrontación social, por razones de aritmética parlamentaria, es sólo una parte del problema. El presidente Chirac, con una amplia mayoría favorable en el Parlamento, no quiso dar continuidad a los intentos de reformas que provocaron mayor contestación social durante su mandato.

¿Hacia el centro?

Durante el último año se ha producido un hecho muy importante: la economía europea ha vuelto a crecer, y a hacerlo por encima de la economía norteamericana. Los economistas lo explican, en parte, como efecto acumulado de las reformas graduales que los gobiernos han llevado a cabo en años anteriores, y que en su momento fueron vistas como insuficientes. Es bastante probable que esta explicación contribuya a que los gobernantes prefieran seguir en lo sucesivo esa misma línea de reformas graduales y en lo posible pactadas con los agentes sociales, y que descarten un “big bang” de reformas al precio de un fuerte enfrentamiento social.

El caso más evidente es el alemán. Schröder hizo reformas costosas e impopulares, y Merkel ha buscado negociar nuevas reformas, especialmente la de la sanidad. En el nuevo clima de optimismo económico, esa vía gradual puede ser más fácilmente transitable y contribuir a reforzar el optimismo. Lo esperable es, por tanto, que mientras el SPD sigue asumiendo el desgaste político por las reformas anteriores, Merkel vea aumentar su popularidad. Y si los socialdemócratas abandonan el gobierno de coalición, es probable que la democracia cristiana de Merkel obtenga amplio respaldo en unas nuevas elecciones.

La gran incógnita en el actual contexto europeo es la Francia del presidente Sarkozy. Con muy buen sentido político, ha pospuesto las reformas que afectan a las relaciones laborales a fechas posteriores a las elecciones legislativas de junio, ha pedido a los sindicatos un acuerdo sobre estas reformas, y ha nombrado a personalidades de izquierda y de centro en su gobierno.

Su idea puede ser cargarse de razón y revalidar su mayoría parlamentaria antes de pensar en una confrontación social, que se pospondría hasta finales de este año. Pero también puede buscar simplemente llegar a la negociación en una situación de fuerza. Ahora bien, incluso suponiendo que Sarkozy se proponga reformas neoliberales de cierta dureza, es muy poco probable que se convierta en nueva referencia para la derecha europea, dada su posición internacional proteccionista y antiliberal.

Quizá es significativo que los conservadores suecos hayan ganado las elecciones de septiembre de 2006 con un programa liberalizador pero muy centrista. O que el nuevo líder conservador británico, David Cameron, esté llevando a su partido hacia el centro e incluso, en algunos casos, a desbordar la agenda social del gobierno laborista. Se podría pensar que, tras años de retórica neoliberal sin buenos resultados electorales ni grandes éxitos en la gestión del gobierno, la derecha europea está aproximándose a un nuevo consenso centrista.

La paradoja es que esta evolución no sería consecuencia de una nueva fuerza ideológica o política de la izquierda, sino de la esperable resistencia social ante reformas demasiado audaces, cuyos supuestos beneficios se verían en el futuro pero cuyos costes deberían asumirse de inmediato. Desaparecidas las urgencias de los años de estancamiento, y vistas las posibilidades de éxito de las reformas pactadas y no traumáticas, la derecha puede estar asumiendo de nuevo el modelo social europeo como propio, al igual que lo hizo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. n

La revuelta antipolítica.

Piero Meaglia y Ermanno Vitale (Revista Nexos, #355, julio 2007)

I

Ya en 1967 Rokkan y Lipset observaron que había comenzado el “descongelamiento” del sistema de partidos que había gobernado, alternándose en el gobierno, la mayor parte de los países europeos desde los años veinte.1 Al interrumpirse el largo ciclo de crecimiento económico comenzado después de la Segunda Guerra Mundial, parece terminar también un ciclo político iniciado después de la primera, y por ende todavía más antiguo. Nuevas organizaciones políticas irrumpen de improviso en una escena que parecía inmutable. Primero se trata de grupos políticos de extrema izquierda. Pero su vida será breve. Más sólidas se mostrarán las nuevas derechas, sobre las cuales un reciente libro de Alfio Mastropaolo2 nos ofrece varias informaciones y algunos puntos de reflexión. En 1972 nace en Dinamarca el Fremskidtspartier, es decir, el Partido del Progreso, promotor de la protesta contra el fisco, y en 1973 en Noruega el Partido de Anders Lange, que pide la reducción de los impuestos, de las contribuciones sociales y de la intervención pública. En 1972, en Francia, Jean-Marie Le Pen fundaba el Frente Nacional, nacionalista, tradicionalista, autoritario. En Bélgica en 1978 es creado el Vlams Blok. En Alemania en 1969 la Nationaldemokratische Partei Deutschlands alcanzaba el 5% de la votación, el umbral de acceso al Bundestag; en 1972 surgía la Volksunion y en 1983 sería la ocasión de los Republikaner. En Gran Bretaña, de una escisión del National Front, racista y parafascista, se forma en 1980 el British National Party.

Con los años, la “familia” crece y gran parte de sus nuevos miembros tiene éxito. En 1986 en Austria, Jörg Haider imprime un viraje hacia la derecha al viejo Partido Liberal y en 1999 participa en el gobierno con el Partido Popular. En Suiza, donde han prosperado la Liga de los Ticinesi y el Partido de los Automovilistas, nacido en 1985, y después rebautizado Partido de la Libertad, xenófobo, antifiscal, antipolítico, a mitad de los años noventa el rico empresario Christof Blocar renueva la Schweizerische Volkspartei/Unión Democrática, haciéndole asumir posiciones antieuropeístas, nacionalistas, seguritarias, liberistas y racistas: en 2003 ese partido alcanza el 27% de los votos.

En los años noventa, en Portugal, bajo la guía de Paulo Portas, el viejo Centro Democrático Social- Partido Popular padece una mutación análoga. En Dinamarca el Dansk Folkeparti de Pia Kiaersgaard, intolerante hacia los extranjeros y favorable a un welfare state sólo para los nativos, obtiene en 2001 el 13% de los sufragios. En Alemania la Partei Rechtsstaaylicher Offensive entra en 2001 a ser parte del gobierno regional de Hamburgo. En Holanda el Centrum Democraten de Pym Fortuyn conquista en marzo de 2002 un tercio de los escaños del Consejo Municipal de Rotterdam y dos meses más tarde, después del asesinato del propio líder, con la fuerza del 17% de los votos ganados en las elecciones nacionales entra en un gobierno de centro derecha.

En Gran Bretaña el United Kingdom Independence Party obtiene un inesperado éxito en las elecciones europeas con el 16% de las adhesiones, cuatro menos que los laboristas y uno más que los liberales. Por último, en Italia, considerando la Lega Nord, Forza Italia y Allenaza Nazionale, partidos todos de “nueva derecha”, se puede afirmar que éste es el primer país europeo en que se ha formado un gobierno compuesto predominantemente por nuevos partidos.

¿Pero es apropiado definir de “derecha” a todos estas nuevas fuerzas? Algunas se definen como tales, pero otras no, y se llaman, por ejemplo, liberales en Austria, populares en Portugal, partidos del progreso en Escandinavia. Es mejor examinar sus programas, donde se captan las muchas semejanzas pero también alguna diferencia. En el plano cultural, las nuevas derechas son “conservadoras” y revalorizan la familia, la religión, la patria, la nación, en ocasiones el Estado, e intentan defender una verdadera o presunta identidad nacional de su disolución en la unidad europea. En el plano económico, algunas son netamente liberistas, otras no desdeñan la protección del welfare state, de la cual, sin embargo, querrían excluir a los inmigrados, y otras veces categorías débiles, como madres solteras, toxicodependientes y homosexuales. Estos caracteres permiten distinguir la nueva derecha de la más antigua, es decir, de los partidos liberales y conservadores europeos: en el plano cultural y de las costumbres las nuevas derechas son más regresivas que las tradicionales, las cuales han terminado por tolerar una sociedad más bien permisiva, mientras que en el plano económico no son todas ni del todo favorables al mercado como en cambio son las tradicionales, hoy en día totalmente liberistas.

A primera vista estas posiciones permiten definir, sin más, como de “derecha” a los partidos de los que se acaba de ofrecer un elenco sumario. Se podría preguntar sin embargo: ¿con base en cuál criterio? ¿Según cuáles criterios distinguimos la derecha de la izquierda y la nueva derecha de las tradicionales? El punto merece atención. De hecho, dos entre las más comunes definiciones de la nueva derecha, la que las juzga derechas “extremas” si no fascistas y la que las considera una manifestación de populismo, son tal vez demasiado precipitadas o al menos no del todo pertinentes. A las nuevas derechas les faltan algunos rasgos esenciales del fascismo que ha devastado Europa entre la primera y la segunda guerras mundiales: el nacionalismo agresivo, la sumisión de la esfera privada a la pública, la supremacía del Estado respecto de la sociedad y el mercado. Y falta el racismo abiertamente profesado por el nazismo. Lo inmigrados se ven a menudo considerados también ellos como víctimas de las insensatas políticas de inmigración de los gobiernos, que permiten a los flujos migratorios perturbar tanto los países de partida como los de arribo. En fin, las nuevas derechas se han sustraído del aislamiento en el que habían caído por decenios las derechas extremas de la posguerra, e incluso se podría observar que las derechas fascistas de la preguerra en su tiempo no han permanecido, por cierto, tan “aisladas”, más bien, por el contrario, conquistaron el poder con la condescendencia de los partidos de la derecha tradicional.

Tampoco la definición de derecha populista resulta convincente. El término populismo es vago y se acostumbra usar con muchos significados diversos. Basta pensar que la coincidencia temporal entre el populismo americano y el ruso es del todo casual. Se podría subrayar, además, que cada estudioso ha construido un concepto de populismo diferente al de los otros, y que no sólo existen derechas sino también izquierdas populistas. Tal vez, procediendo por aproximación empírica, no estaría fuera de lugar caracterizar las nuevas derechas como expresiones de la “revuelta” antipolítica, mezclada diversamente con formas de culto de la personalidad y de plebeyización de la democracia.

De este modo tal vez se logra captar mejor la naturaleza de las nuevas derechas. Pero también antipolítica —podría observarse— es un término polisémico, utilizado para indicar una multiplicidad de fenómenos diversos. Hay muchas antipolíticas. Está la popular y simplista de tantos que afirman no entender la política y la sienten ajena a sus problemas cotidianos. Existen antipolíticas más cultas: las de quienes consideran la política superflua, porque sería mejor dejar que del mercado surja libremente un orden espontáneo; la que quisiera someter la política a los técnicos; las de los fundamentalistas que quisieran someterla a la religión y a sus sacerdotes. Están las retóricas antipolíticas utilizadas para impugnar los partidos tradicionales y las dirigencias políticas. Incluso las asociaciones y movimientos de la llamada sociedad civil han recurrido al discurso antipolítico para exigir mayor transparencia y participación.

¿Qué especie de antipolítica caracteriza entonces a las nuevas derechas? Éstas profesan un fundamentalismo democrático que de hecho se contrapone a la democracia constitucional y representativa. Mediante la democracia constitucional el poder de la mayoría es limitado por un catálogo de derechos y por una distribución de poderes equilibrada. Las nuevas derechas, en cambio, hacen la apología del pueblo soberano, y descuidan o desprecian las reglas con las que el constitucionalismo intenta evitar el abuso del poder. Y, contra las instituciones representativas, predican la democracia “directa” de los referéndum y exaltan la relación inmediata entre el pueblo y el jefe, la investidura plebiscitaria del líder, el voto como rito de aclamación. Mientras reclaman más democracia, manipulan y “vacían” las instituciones democráticas.

Pero, bajo el perfil del análisis teórico, estas observaciones no son ciertamente satisfactorias, y de por sí no agregan nada a los comentarios más o menos concordes y descontados que se pueden encontrar en la gran prensa europea. Para dar un paso adelante en la comprensión del fenómeno —distinguiendo mejor la derecha de la izquierda y sobre todo las nuevas derechas de las derechas tradicionales— vale la pena tal vez retroceder y retomar el hilo de la reflexión de Bobbio, tomando en consideración también ensayos precedentes al célebre Derecha e izquierda (1994). Este autor distingue primero la derecha de la izquierda con base en el valor de la igualdad, siendo generalmente la izquierda la parte que lucha por superar las desigualdades económicas y políticas contra la resistencia de la derecha. Y después distingue de varios modos la derecha (y la izquierda) moderada de la derecha (y de la izquierda) radical.

En primer lugar, mientras la derecha moderada ha aceptado actualmente la democracia, la derecha radical es en mayor o menor medida antidemocrática.3 Cuando Bobbio habla de la derecha radical se refiere normalmente a la derecha subversiva, dispuesta a recurrir a la violencia para abatir las instituciones democráticas, y a la cual pertenecerían, por ejemplo, los grupos del terrorismo neofascista italiano. Pero también las “nuevas derechas” amenazan la democracia, si bien de modo diverso y más insidioso: profesando un fundamentalismo democrático que apela al pueblo y a las manifestaciones presuntamente directas de su voluntad, en los hechos contribuyen a la erosión y al “vaciamiento” de los lineamientos de la democracia representativa.

En segundo lugar, para Bobbio la derecha radical reivindica normalmente la tradición, real o inventada.4 Pero una de las características de las nuevas derechas es la restauración de los valores tradicionales de la familia, de la religión, de la patria, de la nación: y tal vez, más que de “conservación” se podría hablar de “reacción”, de retorno al pasado, como lo hace el propio Bobbio.5

En tercer lugar, el valor de la igualdad sirve también para distinguir, además que la izquierda de la derecha, también la derecha radical y más desigualitaria de la moderada. Bobbio afirma que cuando se habla de igualdad y de desigualdad es necesario preguntarse: ¿en qué cosa? ¿Igualdad sólo en derechos políticos o también, en mayor o menor medida, igualdad económica? ¿Igualdad de los puntos de partida o también igualdad en los puntos de llegada? Por ende, ¿cuánta igualdad y cuánta desigualdad? ¿Igualdad y desigualdad en cuántas cosas? El propio Bobbio escribe que la doctrina más igualitaria “puede ser redefinida como la que demanda la igualdad del mayor número de individuos para el mayor número de los bienes”.6 A la inversa, la derecha radical podría redefinirse como la que quiere menos igualdad que la moderada.

La postura frente a los inmigrantes resulta particularmente significativa. En general, las derechas radicales o nuevas se oponen a la ampliación de los derechos civiles, políticos y sociales a los inmigrantes con mayor dureza que las moderadas o tradicionales.7 Frente a la exigencia de equiparar los inmigrantes a los nativos en el disfrute de los beneficios del welfare state, las nuevas derechas se oponen más tenazmente que las tradicionales. En suma, las primeras quieren menos igualdad de cuanto están dispuestas a conceder las segundas.

II

¿Por qué las nuevas derechas europeas han tenido éxito? ¿Por qué han logrado crecer electoralmente, sustraer votos a los partidos tradicionales, y alcanzar en algunos casos incluso el gobierno? Han obtenido consensos en las capas populares pero también en las cultas y acomodadas, han atraído a una parte del electorado de la izquierda pero sobre todo del de los partidos tradicionales de la derecha. ¿Cómo ha podido ocurrir todo esto?

También a este respecto las dos explicaciones comunes parecen insatisfactorias. La primera subraya el malestar social producido por las transformaciones que acompañan la globalización de la economía, el empobrecimiento de los trabajadores y desocupados, e incluso de una parte de las capas medias, que habría vuelto sensibles a estos estratos a la protesta radical de las nuevas derechas. La segunda explicación es de carácter cultural: en los países ricos, una vez satisfechas en gran medida las necesidades elementales, la aparición de la sociedad postindustrial habría estimulado el surgimiento de necesidades y valores postmaterialistas, de los que en un primer momento se habrían beneficiado las nuevas izquierdas ecologistas y libertarias, y sucesivamente las nuevas derechas, promotoras de una reacción antimoderna caracterizada por la recuperación de valores tradicionales como la autoridad, la familia, la religión, la comunidad local, la pertenencia nacional. Curiosamente, con base en la primera explicación las condiciones económicas de una gran parte de la sociedad habrían empeorado, con base en la segunda habrían mejorado.

Alfio Mastropaolo propone una tercera explicación, apelando a la vasta “movilización del resentimiento” contra los políticos, los partidos y las instituciones democráticas, contra la incapacidad y la corrupción de la clase política, contra la ineficiencia y la lentitud de los procedimientos y los órganos de la democracia. Pero a su vez la movilización del resentimiento debe ser explicada. ¿Por qué ha sido tan fácil para las nuevas derechas alimentarla y moldearla para su propia ventaja? La razón es que la clase política de los partidos tradicionales, de derecha y de izquierda, no ha sido capaz de reaccionar sobre todo en el plano cultural, no ha sabido o querido defender sus propios valores de la agresión y de la denigración a la que la ha sometido la nueva derecha.

Esta explicación no se refiere sólo a Italia, sino a todos los países en los que las nuevas derechas han crecido a costa de las fuerzas políticas preexistentes. Mastropaolo indica al menos cuatro fenómenos negativos, que los partidos tradicionales no han sabido contrarrestar, abriendo espacio a la nueva derecha: el declive de las pasiones políticas, la deslegitimación de lo público, la clausura oligopólica del mercado político, la difusión de sentimientos antipolíticos.

El declive de las pasiones políticas. En Europa se van reduciendo la participación popular y el interés por la política. Desde los años setenta hasta hoy el abstencionismo electoral se ha duplicado. Disminuyen los militantes de los partidos y de los sindicatos. Crece la insatisfacción frente a la acción de las clases dirigentes. Los medios de comunicación de masas se entregan a la denigración de la política, con la indulgencia de los propios miembros de la clase dirigente. ¿Pero qué han opuesto los partidos tradicionales al debilitamiento de las pasiones políticas? Antes que luchar por invertir la tendencia, han acogido una visión elitista de la democracia que no contempla y que desanima ulteriormente la participación. Para esta visión las elecciones, antes que momentos de agregación y manifestación de las preferencias de los ciudadanos, aparecen como meros instrumentos para seleccionar los liderazgos. Y los partidos, de organizaciones de masa capaces de acoger, socializar, educar a las clases populares, se han transformado en empresas de profesionales de la política y en agencias de promoción de sus carreras.

La deslegitimación de lo público. En los años veinte del siglo pasado Europa fue golpeada por una “gran depresión económica”. En los últimos dos o tres decenios ha venido el momento de la “gran depresión política”: el Estado ha sido devaluado a favor del mercado. Siempre la intervención pública ha sido condenada como fuente de despilfarros y de ineficiencias, y el mercado ha sido exaltado como remedio. Es el triunfo del “paradigma neoliberal”, o mejor tal vez neoliberista. ¿Pero cómo han reaccionado a esta ofensiva ideológica las fuerzas tradicionales, en particular las de izquierda? Se han rendido sin combatir. Han dejado que se vieran desacreditados términos como “público”, “colectivo”, “interés general”, y que en su lugar triunfaran “mercado”, “individualismo” (en el sentido del free riding), “privado”, “concurrencia”, “empresa”, “flexibilidad”, y todo el léxico economicista que actualmente invade todos los aspectos de la vida social y de las instituciones.

La clausura oligopólica del mercado político. En lo últimos treinta años los partidos han sufrido una profunda transformación: las ideologías fundacionales han sido gradualmente abandonadas, la participación de la base se ha reducido, el poder se ha concentrado en un grupo restringido de dirigentes. Según Katz y Mair, la última etapa de esta mutación es el “cartel party”: los grupos dirigentes de los partidos actualmente casi privados de participación, establemente instalados en los vértices del Estado, acuerdan para repartirse financiamientos públicos crecientes y para obstaculizar el ingreso de nuevas fuerzas en la arena política.8 Pero esta involución aisló todavía más a los partidos tradicionales de su base social y electoral, alimentó la desconfianza de los ciudadanos, allanó la vía a la retórica antipolítica de las nuevas derechas. Los partidos tradicionales salieron de ella más vulnerables, más expuestos a la crítica antipartidocrática. Pero también en este caso han estado entre las causas de su propio mal.

La difusión de los sentimientos antipolíticos. Paradójicamente, los miembros mismos de la clase dirigente se han dejado seducir por la antipolítica, copiando sus modos. Ha aparecido, de hecho, también un “populismo de los hombres políticos”. Muchos de ellos se han adherido a un outsider, han reivindicado su ajenidad a la política oficial, han ostentado su pertenencia al “pueblo”, han adoptado un pretendido lenguaje popular ostentosamente distinto a la “jerga de los profesionales de la política”. Han recitado la parte de los tribunos, que descienden entre los ciudadanos comunes y asumen su defensa contra los poderosos. Han llenado los estudios televisivos y se han adecuado al nuevo estilo de los medios: dramatización, espectacularización, personalización de la lucha política. Pero de este modo han vuelto más fácil la marcha de las nuevas derechas, cuyos líderes sin escrúpulos e irresponsables se han mostrado mucho más hábiles —podría casi decirse: darwinianamente más adaptados— para explotar la fuerza ciega de la oleada antipolítica. n

[1] Cfr. S. M. Lipset, S. Rokkan, “Cleavage Structures, Party Systems and Voter Alignments: An Introduction”, en S. M. Lipset, S. Rokkan (editores), Party Systems and Voter Alignments, Free Press, Nueva York, 1967.

[2] Cfr. A. Mastropaolo, La mucca pazza della democracia. Nuove destre, populismo, antipolitica, Bollattti Boranghieri, Turín, 2005.

[3] N. Bobbio, Destra e sinistra. Ragione e significati di una distinzione politica, Donzelli, Roma, 1994, 4ª. edición ampliada, 2004, pp. 7-78 y p. 143. Y Verso la Seconda Repubblica, Editorial La Stampa, 1997, p. 29.

[4] Cfr. N. Bobbio, Destra e sinistra, pp. 101-107.

[5] N. Bobbio, “Per una definizione della destra reazionaria”, en Belfagor, no. 38, n.1, 31 de enero de 1983, pp. 655-668.

[6] N. Bobbio, “Eguaglianza e egualitarism” (1978), en Teoria generale della política, a cargo de M. Bovero, Einaudi, Turín, 1999, pp. 248-249; pero también Destra e sinistra, op. cit., p.121.

[7] Cfr. N. Bobbio, Destra e sinistra, op. cit., pp. 36, 45, 132, 139, 162, 196.

[8] R. S. Katz y P. Mair, “Camping Models of Party Organisation and Party Democracy: The Emergence of the Cartel Party”, en Party Politics, vol. 1, enero de 1995, n.1, pp. 5-28.

Traducción de Luis Salazar Carrión

La extrema derecha al asalto

Víctor Flores Olea
El Universal

Viernes 06 de julio de 2007

Por fortuna, la nación mexicana es más compleja de lo que desearían algunos clericales, que aún sueñan con el proyecto inquisitorial del siglo XVI. Ya se ha hablado de El Yunque y su influencia en el desdichado sexenio que terminó, pero también de su peso en el actual gobierno, pese a superficiales desavenencias de Felipe Calderón con Manuel Espino, alfil en jefe de la fascista organización.

Las “afinidades electivas” asoman a la superficie: en días pasados visitó otra vez México José María Aznar, ese “delincuente electoral” por su ilegal intervención en las elecciones pasadas en que se expresó a favor de Felipe Calderón. Es decir, la ultraderecha en México no sólo se alimenta de los acólitos locales, sino que recibe apoyo de los franquistas y fascistas de la península ibérica, ultramontanos que se proponen no sólo detener la historia, sino echar atrás sus manecillas.

Aznar vino a México y se entrevistó con Vicente Fox, en su rancho de Guanajuato, reunión a la que también asistió Manuel Espino, jefe reciente de la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA); lo recibió además Felipe Calderón y, no faltaba más, la dirección en pleno del PAN.

Pero la visita fue sobre todo promocional de un pasquín elaborado por una Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), que preside el mismo Aznar y que aspira a convertirse en foco publicitario (y político) de las ideas más retrógradas que sea posible imaginar, siendo desde luego incondicional subordinado de Estados Unidos, como ya lo demostró el español cuando en las Azores se exhibió como figurín al lado de Bush y Blair para dar la señal de arranque a la invasión a Irak. El pasquín de la FAES había sido presentado por Aznar hace un par de meses en Filadelfia, ante la ultraconservadora Fundación Heritage (uno de los “tanques de reflexión” más derechistas en EU).

El proyecto de la extrema derecha confesional no es hoy local y cerrado, sino que aspira a extenderse. Y, por supuesto, con los aires neocoloniales del “Caballerito de Hierro” (como alguien muy prominente le dijo a Aznar), su primer objetivo parece ser América Latina, eso sí, no sólo en nombre de los “valores espirituales” que dice postular, sino reforzando la penetración y dominio estadounidense. Todo ello, apenas maquillado con la palabrería habitual: los “valores occidentales” y su “democracia avanzada”, los “derechos fundamentales de la persona” y las “sociedades abiertas”, etcétera.

En su discurso titulado “América Latina: una agenda de libertad” (que resume un escrito de 100 páginas de la FAES para “influir” en las personas que toman decisiones de México a Brasil), el ex presidente del gobierno español identificó a los que considera “enemigos de Occidente”: movimientos indígenas, terroristas y altermundistas.

Más concretamente, Aznar postuló tres objetivos esenciales: 1) exigir a los latinoamericanos que se sometan a Washington; 2) atacar al gobierno de Hugo Chávez y, menos directamente, a la Cuba de Castro; 3) afirmar su desprecio hacia los pueblos indios y sus luchas (el ataque es claro a los gobiernos de Bolivia y Ecuador, en sus actuales políticas renovadoras). Los indios, según el neocolonialista ridículo y peligroso, son prescindibles porque no se apoyan en los valores occidentales que considera intocables.

Algunas perlas del discurso de Aznar: “América Latina ha quedado al margen de la familia de naciones occidentales… Pero es una anomalía que puede y debe superarse”.

“Ante América Latina se abren dos caminos… Un camino aleja de las sociedades abiertas, libres y prósperas. Tenemos suficiente experiencia histórica para saber cómo acaba esa ruta. Quienes hoy proponen seguir esta vía se nutren de ideas caducas: populismo revolucionario, neoestatismo, indigenismo racista y militarismo nacionalista”.

Y continúa: “El indigenismo radical empieza a ser para América Latina lo que el nacionalismo es a Europa. El indigenismo racista siembra la división social y agudiza problemas existentes. En Estados… frágiles, dificulta y daña la integración nacional de los ciudadanos. Con su afán por fomentar la segregación entre grupos destruye el concepto de la igualdad del individuo ante la ley. Donde hay ciudadanos iguales en dignidad y derechos, la retórica indigenista del caudillo pretende crear grupos con diferentes estatutos”.

Y todavía: “El futuro de América Latina pertenece a los latinoamericanos. Pero también es importante que sus principales socios y aliados trabajen con ella para que la región se incorpore de forma plena al grupo de democracias avanzadas”.

“Por eso somos partidarios de que América Latina estreche aún más sus lazos con Estados Unidos. Hay un rancio antiamericanismo, de larga tradición, que culpa de todos los males de la región a la democracia estadounidense. No hay que negar que en el pasado se cometieran errores. Pero hoy Estados Unidos debe ser un socio fundamental para garantizar el progreso de la región, su anclaje en el mundo democrático, y puede actuar como un garante activo de la libertad y los derechos fundamentales”.

No es difícil descubrir la cepa de tantos dislates. Pero sí es importante saber que enemigo principal del laicismo en México es la reacción que tiene un ojo puesto en el pasado remoto y otro en los negocios que realiza con el imperio.

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