¿Por qué ganan? (Luis Salazar C.)

Posted on julio 27, 2007. Filed under: Cultura, Derecha, México, Política |

Luis Salazar Carrión Revista Nexos, agosto 2007)

A primera vista, la respuesta es obvia: porque tienen los recursos, porque cuentan con los intereses, porque se apoyan en (y apoyan a) los grandes poderes fácticos del dinero, de los medios y de las iglesias. Porque, fieles a sus principios, imponen lo que según ellas es la ley natural, es decir, la ley del más fuerte. Pero vista con más detenimiento esta respuesta es insatisfactoria a más de maniquea. Pues donde hay democracia, el más fuerte es el que obtiene más votos, y la inmensa mayoría de los electores ni son empresarios ni son fanáticos. Y con alguna frecuencia llevan al gobierno a opciones de izquierda, que con mayor o menor acierto promueven la ley del más débil, la ley que nos iguala pese a todo en dignidad y en derechos. La propia experiencia de la construcción nunca terminada de democracias es la mejor prueba de que se puede derrotar y se ha derrotado históricamente a los defensores de las desigualdades y los privilegios, obligándolos a reconocer y asumir al menos la igualdad política de los ciudadanos, forzándolos a convertirse, aunque sólo sea nominalmente, en derechas democráticas. En derechas que por serlo seguirán defendiendo privilegios, intereses y jerarquías, que seguirán intentando limitar e incluso revertir la igualdad y los derechos, pero que tendrán que hacerlo sometiéndose al veredicto de las urnas.

Muchos pensadores de izquierda, desde Marx, han tratado de resolver este enigma: ¿por qué la democracia, al menos la democracia representativa, lleva al poder a partidos y movimientos de derecha? ¿Por qué la mayoría electoral no expresa automáticamente la mayoría socioeconómica? Y en este esfuerzo no pocos han terminado por denunciar a la democracia moderna como un mero engaño, como una mera mistificación, apostando por vanguardias iluminadas y tiranos revolucionarios, con los resultados que conocemos. Es la triste historia de las utopías de cabeza, de los mal llamados socialismos reales que en nombre de una mendaz igualdad social impusieron la mayor desigualdad política: la de los regímenes totalitarios. Por eso tendríamos que abandonar las explicaciones simplistas sobre la enajenación y la conciencia de clase, y preguntarnos en serio por qué en un mundo cada vez más salvajemente desigual triunfan las opciones de derecha.

II

Naturalmente las razones son diferentes según la historia y las circunstancias de los países en cuestión. El indiscutible avance de las derechas europeas tiene mucho que ver con las rigideces y hasta perversiones burocráticas de sus Estados de bienestar, pero quizá sobre todo se relacionan con el miedo y la inseguridad que generan los incontenibles flujos migratorios. Sin duda puede asombrar que personajes como Berlusconi en Italia, o políticas tan aventureras como las de Aznar en España, por no hablar de las de los gemelos siniestros en Polonia, mantengan a pesar de sus apretadas derrotas un amplio consenso social y electoral. ¿Cómo puede ser que ni la corrupción del primero, ni las grandes mentiras del segundo, ni el fundamentalismo de los últimos no parezcan suficientes para desprestigiarlos políticamente ante un electorado relativamente informado? ¿Y cómo puede ser que en Francia, el país de la Ilustración, se imponga un discurso tan cargado a la derecha como el de Sarkozy? Seguramente es incorrecto equiparar estos personajes y las fuerzas que encabezan, pero pocas dudas puede haber de que soplan vientos reaccionarios en el Viejo Continente. Vientos que ponen de manifiesto el predominio de las pasiones que siempre han sabido explotar la derechas: el miedo, la incertidumbre, el fatalismo y la xenofobia.

Éstas son también las pasiones que han aprovechado los neocon del gobierno norteamericano para justificar su desastrosa y unilateral guerra contra el terrorismo, que con la ayuda indiscutible del yijadismo islamista, es en buena medida responsable de la derechización del mundo contemporáneo. Una derechización que reivindicando el antagonismo amigo/ enemigo como eje de la política busca aprovechar la polarización generada por las ingentes desigualdades mundiales para legitimar la necesidad de restringir o cancelar los derechos fundamentales de millones de seres humanos, de utilizar las guerras preventivas y de cerrar fronteras para defender a como dé lugar el último gran privilegio de status (como lo denomina Ferrajoli) que reconoce el derecho internacional en nuestros días: el vinculado a la nacionalidad. En nombre de la seguridad nacional, del más rancio y reaccionario nacionalismo se vale todo, incluso desconocer la propia legalidad internacional y sus instituciones, derrocar gobiernos, apresar, torturar y asesinar personas en cualquier territorio, bombardear indiscriminadamente ciudades. No es casual que la inmensa mayoría de las derechas sean hoy nacionalistas e incluso localistas y que pretendan resolver todos los problemas amurallando sus fronteras y declarando guerras por doquier y para cualquier cosa (contra el terrorismo, contra el narcotráfico, contra los ilegales, contra toda lo que según su entender amenaza a “sus” ciudadanos).

Nunca se insistirá demasiado en que este lenguaje guerrero, polarizador y crispante siempre ha sido de derecha, es decir, útil para defender los privilegios de los fuertes contra las demandas de los débiles, y que las izquierdas han pagado muy caro cuando se han querido servir de él (con la guerra de clases, por ejemplo). Nada más eficaz políticamente que identificar al enemigo, al causante de todos nuestros miedos y malestares, e identificar simultáneamente un nosotros artificioso para suscitar apoyo, así como la mágica creencia de que todos los problemas se resolverían derrotando y exterminando a ese enemigo. Y nada más incompatible con la democracia bien entendida y con sus precondiciones, es decir, con el reconocimiento y la garantía de los derechos fundamentales de todos los seres humanos en una perspectiva auténticamente universalista y cosmopolita.

Pero el retorno de este lenguaje bélico y sus señuelos identitarios, a su vez, debe explicarse por el triunfo de un capitalismo salvaje y depredador a nivel global. Un triunfo promovido con irresponsabilidad por los organismos internacionales encargados, supuestamente, del desarrollo económico mundial, que lejos de favorecer el establecimiento de las condiciones institucionales públicas capaces de gobernar y disciplinar los poderes económicos emergentes, parecen haber asumido una visión mercadolátrica que hubiera desconcertado al propio Adam Smith. Olvidando todas las lecciones históricas de la primera parte del siglo XX, estas instancias y buena parte de los gobiernos decidieron, sin más, que lo público era sinónimo de corrupción y despilfarro, mientras que lo privado lo era de competencia y eficiencia. En este sentido, la derecha tecnocrática, que sólo puede ver a la política y a lo público como fuente de conflictos y desperdicios, abrió el camino para la derecha neoconservadora. Los derechos sociales, base del disfrute auténticamente universal de los derechos de libertad, fueron marginados e incluso ignorados so pretexto de que o eran imposibles o eran indeseables, en la medida en que impedían, obstaculizaban o de plano corrompían la flexibilidad, la eficiencia, la competencia e incluso ¡las libertades individuales!

Este tipo de concepciones se apoyaba sin duda en dificultades inherentes a la forma en que, en ciertos Estados, se habían interpretado burocrática y autoritariamente los derechos sociales y sus garantías, dando lugar a déficit públicos, clientelismo y parasitismo innegables. Pero se basaba también en un diagnóstico simplista según el cual bastaba privatizar, desregular y liberalizar para lograr un crecimiento económico que en los hechos pronto se convirtió en supersticioso y contraproducente respeto por el equilibrio de las variables macroeconómicas. De esta manera, las recetas neoliberales habrían de profundizar la debilidad de las instituciones públicas frente a los poderes fácticos económicos y sociales agudizando con ello las desigualdades sociales existentes, dando lugar en América Latina y en México a lo que se conoce como malestar creciente en las democracias que al menos en algunos países ya se ha convertido en malestar con la democracia, esto es, a derivas neopopulistas (en sentido político) que amenazan seriamente la vigencia y la sustancia de las propias reglas del juego de la democracia representativa.

III

En varios países de América Latina la polarización socioeconómica y la falta de un crecimiento económico satisfactorio ha generado una verdadera crisis de los partidos tradicionales favoreciendo el surgimiento de liderazgos caudillistas, personalizados, que con retóricas más o menos radicales ponen en cuestión la división y el equilibrio de los poderes públicos estatales. Aun si se presentan como opciones de izquierda, estos liderazgos utilizan estrategias de crispación y confrontación muy similares a los de la llamada nueva derecha europea, mostrando idéntico desprecio por los pesos y contrapesos esenciales del Estado constitucional y por el derecho existente. Pero aquí más bien nos interesa la evolución de las fuerzas derechistas en nuestro país, donde han logrado conquistar y mantenerse en el poder, a pesar de (y quizá en parte gracias a) la aparición de este tipo de liderazgos polarizadores.

En México, como en otras democracias recientes, la transición desde un régimen autoritario se realizó bajo la hegemonía de las concepciones antiestatistas antes mencionadas que, desde el gobierno de Miguel de la Madrid, se dieron a la tarea de sustituir el modelo económico proteccionista y estatista por uno supuestamente centrado en el mercado. La derecha tecnocrática, habiendo conquistado las instituciones públicas financieras después de la crisis de 1982, habría de imponer un proceso de modernización neoliberal que en los hechos favorecería una agudización sin precedentes de las desigualdades regionales del país, al tiempo que promovería un fortalecimiento oligárquico de grupos económicos cuasi monopólicos capaces de aprovechar sus relaciones e influencias sobre los encargados de esas instituciones públicas. De esta suerte, la presunta liberalización económica generaría más que una economía de empresarios innovadores, una economía de rentistas oligárquicos que conduciría a la quiebra de buena parte de la mediana y pequeña empresas y a una catastrófica informalización de la economía. Del mismo modo, el mundo laboral se segmentó en tres niveles profundamente desiguales: el de los grandes sindicatos relacionados con las instituciones y empresas públicas o con monopolios privatizados, que mantuvo e incluso incrementó sus privilegios en virtud de su poder corporativo estratégico o sus acuerdos políticos con los gobiernos en turno; el de los trabajadores de la economía formal, que sufrieron un fuerte deterioro económico lo mismo que un sindicalismo casi puramente aparente, a cambio de seguir perteneciendo al sector que ve reconocidos al menos algunos de sus derechos sociales fundamentales, y el inmenso nivel de los que no tenían más alternativa que la economía informal o la emigración hacia Estados Unidos.

De esta forma, en lugar de una economía dinámica y competitiva de emprendedores e innovadores, lo que se obtuvo fue una economía desarticulada, oligopólica, de empresarios rentistas asociados de forma más o menos opaca con una clase política siempre dispuesta a intercambiar favores y lealtades. Y en lugar de una sociedad propiamente civil y organizada se produjo una sociedad segmentada, fragmentada y dominada por hombres y mujeres fuertes, también ellos asociados a esa clase política. Lo que sólo pudo desembocar en un Estado todavía más debilitado, e incluso pervertido, por poderes fácticos que recorren transversalmente a todos los partidos e instituciones públicas. El viejo corporativismo clientelar lejos de verse desplazado se vio complementado por un nuevo clientelismo en el siempre creciente mundo de la economía informal, generando todo tipo de liderazgos depredadores e irresponsables.

Como consecuencia, tenemos un país divido en dos mitades social y regionalmente: la de los sectores (y los estados) que mal que bien han podido beneficiarse de la apertura económica o al menos conservar su situación, y la de los sectores (y estados) que se han hundido en una pobreza y marginación creciente. Naturalmente, incluso dentro de estas dos mitades existen también grandes desigualdades, pero parece innegable que esta división aproximada encontró su expresión política en las reñidas elecciones presidenciales del año pasado, en las que la derecha y la izquierda partidistas colorearon el mapa del país de azul o de amarillo, dejando al “centro” priista en un lejano tercer lugar. En este sentido habría que reconocer que dichos comicios representan un verdadero parteaguas en las historia electoral del México posrevolucionario: por primera vez la lucha no fue entre el autoritarismo (representado por el PRI) y la democracia (representados por los partidos de oposición), sino entre una opción que se identifica sin dificultad como de centro derecha (el PAN), y otra que no sin fuertes ambigüedades puede definirse como de izquierda (el PRD).

Es de lamentar que esto, que puede interpretarse como un avance para la política nacional y sus partidos, se viera fuertemente degradado por una campaña en que cualquier debate serio fue sustituido por una guerra mediática sin cuartel repleta de insultos, amenazas, ataques personales, filtraciones y vulgaridades que crisparon y polarizaron como nunca la sociedad mexicana en torno no a ideas y programas sino a personas e imágenes publicitarias. En todo caso, en medio de una polarización magnificada y prolongada de forma artificiosa por el candidato perdedor, ganó la derecha representada por Acción Nacional y su abanderado. ¿Cómo entender este triunfo después de un sexenio encabezado por un presidente políticamente analfabeto, lenguaraz, abusivo en su utilización de las instituciones, y que incumplió todas y cada una de sus promesas de campaña? ¿Cómo entenderlo después de un desgobierno que no se explica sólo por nuestro diseño institucional sino por la inmensa incompetencia de un hombre que de manera sistemática hacía el ridículo tanto a nivel nacional como internacional, deteriorando y desprestigiando (todavía más) las instituciones públicas?

Con seguridad la respuesta a estas preguntas pasa por las estrategias retóricas beligerantes y hasta insultantes del candidato perredista, que terminaron por amedrentar no sólo a un buen número de empresarios sino también a amplios sectores de las capas medias e incluso populares. Es poco probable que las metáforas ecuestres del ranchero de San Cristóbal hayan sido determinantes en las preferencias de los electores; pero es más que probable que las reacciones airadas y groseras del perredista tuvieran un efecto negativo decisivo para su propia causa. Como suele ocurrir en las contiendas entre nuestros partidos: ganó el que hizo menos autogoles.

Más allá de la anécdota, el PAN y su candidato supieron despertar los reflejos conservadores de una sociedad muy desigual pero que después de tantos años de “revolución institucionalizada” ha aprendido a apreciar la estabilidad y la paz. De una sociedad secularizada que poco o nada se identifica con las posturas clericales y antilaicas de los sectores más extremos de la derecha panista, pero que tampoco lo hace con las minorías radicales que secuestran instituciones, calles y ciudades para obtener prebendas y privilegios. De una sociedad, además, que en forma mayoritaria, según todas las encuestas, considera la inseguridad y la falta de empleo como problemas de mayor prioridad que la propia desigualdad y la pobreza. Se entiende por todo ello que optara, aunque por escaso margen, por una oferta política de derecha que asume de manera abstracta las banderas de “ley y orden” y de “crecimiento económico” y deja en segundo término los problemas estructurales de la agobiante desigualdad y del desamparo de millones de mexicanos.

Hasta donde puede colegirse por sus primeras acciones de gobierno y por su Plan Nacional de Desarrollo, el gobierno de Felipe Calderón parece sustentarse en un diagnóstico de pura cepa conservadora sobre los problemas de la gobernabilidad que sufre nuestro país, poniendo en el centro de su política una imposible, interminable y peligrosa guerra contra el crimen organizado y el narcotráfico. No porque este desafío no sea crucial, sino porque pretende enfrentarlo “al estilo americano”, es decir, utilizando toda la fuerza militar del Estado en un combate frontal más que incierto, aumentando el rigor de las leyes penales e incluso restringiendo o cancelando derechos fundamentales. Después de tantos años de este tipo de retórica bélica ya tendríamos que saber que tales estrategias puramente represivas y prohibicionistas sirven de poco y generan efectos perversos de enorme magnitud.

En el mismo sentido parecen dirigirse las reivindicaciones genéricas del “Estado de derecho”, utilizadas como coartada para imponer penas desproporcionadas a minorías ciertamente vandálicas como las de Atenco, mientras se mantiene la impunidad de cuerpos policiacos y gobernadores no menos vandálicos. Curioso “Estado de derecho” que se ensaña con delincuentes menores al tiempo que cobija negocios ilegítimos e ilícitos de empresarios y líderes mafiosos, en un juego de complicidades y apoyos recíprocos. Donde se sentencia con seis años de prisión a un mujer por el delito de dar de comer a unos guatemaltecos ilegales y, en cambio, se utilizan instituciones como la Procuraduría General de la República o la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (¡sic!) para demandar la inconstitucionalidad de una reforma que simplemente despenaliza la interrupción voluntaria del embarazo, reconociendo así un derecho fundamental de las mujeres. Este uso faccioso, partidista y discrecional de las instituciones públicas es tal vez la peor herencia del viejo régimen autoritario que tanto los gobiernos democráticamente electos de Fox y de Calderón parecen querer mantener (lo mismo, lamentablemente, que los gobiernos “de izquierda” de la capital de la República). Un uso que es a todas luces incompatible con cualquier idea seria de lo que es y debe ser un auténtico Estado de derecho.

Finalmente, hay que señalar como otro de los rasgos distintivos de la derecha panista su total y absoluta voluntad de someterse a los poderes fácticos del dinero, de los medios y de las peores corporaciones sindicales, siguiendo así las más rancias tradiciones priistas de los arreglos opacos y las concesiones discrecionales a cambio de lealtades de corto plazo. Lo que necesariamente se traduce en una visión de las reformas que hacen falta —desde la hacendaria hasta la electoral— que lejos de proponerse la configuración de un verdadero Estado social de derecho capaz de garantizar una efectiva igualdad en derechos, sólo parece buscar asegurar una gobernabilidad que deje intocados los privilegios de los poderes fácticos existentes, es decir, de los más fuertes.

Sería deseable que una izquierda con auténtica visión de Estado utilizara su fuerza electoral para contrapesar y proponer verdaderas alternativas —y no sólo candidatos— al magro e insensible proyecto de nuestra derecha política. Pero más allá de algunas escasas señales en este sentido, lo que parece predominar en nuestra izquierda partidaria es una política miope, caudillista, intransigente en la retórica y profundamente mafiosa en la práctica. n

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