Dos gatos y un ratón que se escapa. (L. Meyer)

Posted on septiembre 30, 2006. Filed under: Cultura, Derecha, México, Política |

Lorenzo Meyer
                                                                      
Fecha de publicación: 2-Mar-2006. Diario Reforma.

No importa si al ratón perredista lo atrapa el gato blanquiazul o tricolor. Sin embargo, desde la perspectiva del gato, la diferencia es fundamental
Ironía
  
Si dos de las tres fuerzas partidistas que hoy se disputan la Presidencia decidieran unir fuerzas, asegurarían sin mayores problemas la derrota de la tercera. Podrían, incluso, y de cara al futuro inmediato, hacerla inviable. En una lógica de “grandes intereses” de derecha, esa alianza de dos contra uno tendría que ser un imperativo o casi. Parafraseando a Deng Xiaoping en 1986, la derecha mexicana podría decir: no importa si el gato es azul o tricolor, lo importante es que cace al ratón populista. Sin embargo, a estas alturas y por fuertes razones históricas, institucionales y personales, es muy difícil, por no decir imposible, que pudiera concretarse esa unión de esfuerzos e intereses de las corrientes conservadoras para hacer un frente común en contra de lo que ellas consideran el peligro populista de Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

Para comprobar las posibilidades de una hipotética “derecha amplia” basta tomar las últimas encuestas en torno a las preferencias de los electores de cara a la próxima elección presidencial. La del periódico Reforma del 20 de febrero, por ejemplo, señala que esas preferencias son: 38 por ciento para AMLO, 31 por ciento para Felipe Calderón y 29 por ciento para Roberto Madrazo. Otras encuestas tienen cifras diferentes, pero en todas el orden de preferencia se mantiene. Desde esta perspectiva, resulta claro que si el PAN y el PRI unieran fuerzas, aplastarían al candidato del PRD, incluso si se supone que algunos de los votantes cambiaran su voluntad como consecuencia de la alianza. Hoy, el PRD tiene apenas cinco gobiernos locales en tanto que PRI y PAN juntos suman 27, y las maquinarias electorales a ras del suelo son, en gran medida, movidas por los gobernadores.

Saltemos de las preferencias de los votantes a otra arena donde las raíces son más profundas. En una encuesta internacional de valores levantada en el 2000, justo en el momento en que México ingresó al conjunto de naciones democráticas, el 51 por ciento de los mexicanos encuestados se definieron a sí mismos como de derecha, el 33 por ciento de centro y apenas el 16 por ciento restante de izquierda. La misma encuesta encontró que más de la mitad tenía como prioridades la estabilidad económica y luego el crecimiento, pero nada relacionado con el cambio social. Y si hoy el rechazo al aborto como asunto de principios es una de las características que comparten las derechas en el mundo, entonces México con un 69 por ciento de repulsa está muy por encima incluso de Estados Unidos (Ronald Inglehart, et al., Human Beliefs and Values, en Sergio Aguayo, Almanaque México Estados Unidos, México, 2004, pp. 28-37). Es verdad que ha pasado un lustro desde la citada toma del pulso cultural, pero no es aventurado suponer que en materia de valores tan corto lapso no puede haber cambiado mucho la naturaleza de los valores dominantes en México, valores que lo definen como un país conservador.

La naturaleza del sistema
 
Entonces, ¿cómo explicar que hoy por hoy, en un país autodefinido como de derecha, AMLO y el PRD -una izquierda, por cierto, muy moderada pues no propone una reforma fiscal sino apenas una política social más agresiva (“los pobres primero”) y el mantenimiento de los energéticos en manos del Estado- estén quitándole el sueño al presidente Vicente Fox y a muchos como él, porque efectivamente existe la posibilidad de que el próximo 2 de julio se hagan del Poder Ejecutivo por la vía democrática, es decir, jugando con la regla de la mayoría?

Parte de la explicación reside en el hecho de que México, como el resto de las antiguas colonias españolas en América, finalmente se decidió por un sistema presidencial de gobierno, al estilo norteamericano, y no por uno estilo europeo, es decir, parlamentario. De esta suerte, nos comprometimos con una asignación del poder donde el ganador se lo lleva todo, incluso si la victoria es por mayoría relativa, como será la de AMLO si finalmente se materializa. Si en el momento fundacional se hubiera optado por un sistema parlamentario, hoy el PAN y el PRI podrían, sin mayor dificultad, poner al primer ministro y repartirse los puestos del gabinete dejando a la izquierda donde ha estado desde que concluyera el gobierno del general Lázaro Cárdenas: marginada del proceso de toma de decisiones.
 
La historia
 
El México conservador no puede hoy tener unidad porque en su origen el PAN y el PRI representaron un verdadero enfrentamiento ideológico. En efecto, en 1939, cuando surgió un agrupamiento de derecha con el extraño nombre de “Acción Nacional” (el nombre no era original, sino tomado de una organización que se había formado en 1931 en España, encabezada por un monárquico, Antonio Goicoechea, y que más tarde se transformó en Acción Popular), el PRM -antecesor del PRI- era un partido con un proyecto de izquierda. El PAN presentó entonces una plataforma política que planteaba la construcción de un México posrevolucionario y acorde con los valores de una derecha democrática y católica, contraria al populismo cardenista y a su estructura corporativa dominada por los intereses de campesinos, obreros, militares y el sector “popular”.

La lucha del PAN-David contra el gigante partido de Estado, el PRM-Goliat, fue al inicio conmovedora y, por momentos, heroica. Sin embargo, ese PRM se convirtió pronto en el PRI y en el proceso se despojó de sus ideas de lucha de clases y de la construcción de un país dominado por los intereses de los trabajadores. A partir del sexenio alemanista (1946-1952) la política real sustentada por el PRI se fue acercando en muchos aspectos prácticos a la propuesta del PAN. Un punto importante de encuentro fue el anticomunismo, abierto y central en el PAN y discreto pero muy efectivo en el PRI. Igualmente importante resultó que desde Manuel Ávila Camacho, el factor dominante en el PRI, la Presidencia, se acercara a la Iglesia Católica, la tomara en cuenta y la hiciera, también de manera discreta, parte integral del sistema de poder.

Finalmente, el gran catalizador que habría de acabar con lo que quedaba de la vieja confrontación del PAN con el PRI y desembocar en la cooperación abierta de las dirigencias efectivas de los dos partidos, fue la crisis final del modelo de economía cerrada y estatista en 1982 y luego la aparición del neocardenismo y del PRD. El surgimiento de un “enemigo común” hizo que el PRI virara hacia las posiciones del PAN y adoptara como propio el proyecto neoliberal enmarcado en el “Consenso de “Washington”. En esas condiciones de acuerdo en torno a las privatizaciones y a la prioridad del mercado como la forma básica de asignar los recursos, resultaron naturales -inevitables- las llamadas concertacesiones entre la Presidencia de Carlos Salinas de Gortari y la dirigencia panista. El acuerdo tácito de los anteriormente enemigos constituyó el corazón de la política del salinismo y de su sucesor, Ernesto Zedillo. Sin embargo, esta cooperación en lo sustantivo producto de la acentuación del viraje hacia la derecha de un PRI que se había liberado de su propia izquierda (la “Corriente Democrática”), no desembocó en la disolución de los dos viejos enemigos para fundirse en una nueva organización que sustentara un proyecto económico compartido casi en su totalidad.
 
El peso de los intereses creados o la tragedia de la derecha
 
Desde hace tiempo se ha asegurado que “la derecha no tiene ideología, tiene intereses”. Sin embargo, la realidad no es tan tajante. Dentro de la derecha hay elementos ideológicos que pueden ser vistos como importantes y, sobre todo, existen los intereses personales, pueden ser encontrados. De lo contrario, ¿cómo explicar que, pese a que las dirigencias del PAN y el PRI comparten el núcleo duro de sus intereses y ambas se sienten amenazadas por un posible y cada vez menos remoto triunfo del PRD, el PRI no aceptó la invitación que hace tiempo le hiciera el presidente Fox en “Los Pinos” al líder priista Roberto Madrazo para que “cogobernaran el cambio”? Elba Esther Gordillo entendió bien la poca distancia que realmente hay entre “Los Pinos” y el PRI y no titubeó en tomarle la palabra al Presidente, pero Madrazo no.

Y es aquí donde entra el elemento personal y de grupo. Desde la perspectiva del gato, sí que importa si es el blanquiazul o el tricolor quien disfrute del “privilegio de mandar”. Y es aquí donde se encuentra la gran oportunidad de la izquierda mexicana, pues siendo la derecha mayoría y controlando las fuentes principales del poder económico, su división histórica está a punto de hacerle perder el control que ya tenía de tiempo atrás sobre la Presidencia.

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